NERUDA Y BENEDETTI

NERUDA Y BENEDETTI

Desde hace unos años
me empecé a cuestionar
si mi vista era normal.

Los doctores decían
que mi vista era correcta,
que no había defectos,
que era perfecta.

Yo discrepaba: todo era soso,
colores pocos, y mis oídos sordos.
Era otra octava, mucho más brava.

Los colores eran notas sin ritmo,
las figuras un arreglo distinto.
Las sombras cautivaron mi instinto,
enfocarme en ellas era más lindo.

Por eso creía que mi vista era diferente;
no había forma de que así viera el resto de la gente.

No había forma de que así fueran los ojos de Neruda,
pues nunca hubiera escrito así de Matilde.
No había forma de que así fueran los ojos de Benedetti,
pues nunca se hubiera expresado así de Luz.

No había forma de que mis ojos estuvieran sanos,
pues de estarlo tendría un problema mayor.
Todo lo que entendí en su momento como inspiración
habría sido un simple y tajante error.

Mis mayores miedos resultaron ciertos;
mi vista siempre estuvo sana.
Lo descubrí en el momento en que entraste a la sala;
todo cobró sentido con tu entrada.

Los colores al instante se volvieron más vivos;
ya no eran notas sin ritmo, sino una hermosa melodía.
Las figuras y las sombras se juntaron,
y con la perspectiva crearon una hermosa sinfonía.

Tus pestañas bailaban al ritmo de tu luz,
y tu pelo cantaba como las cuerdas de un arpa.
Tus ojos, adictivos como la cafeína,
y tus labios hechos de la tela más fina.

En cuestión de segundos entendí a Benedetti y a Neruda;
por fin experimenté lo que era tener mi propia musa.

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